viernes, 7 de febrero de 2014

Hermanos

Llegaron sus cuatro años y con ellos, algunas novedades. La más fuerte para mí, como madre gallina que soy, es que mis pollitos ya pueden jugar sin mi presencia y participación y se animan a hacerlo así en la plaza si estoy cerca mirando.

Fuimos como tantas veces a la plaza de Belgrano R,  no había lugar para quedarme dentro del arenero y vi un banquito que me llamaba desde la puerta. Me senté allí y empezó la película más bonita que haya visto en mi vida:

Sofía, Nicolás y Gabriel jugaban cada uno con su balde y palita. Estaban sentados a unos metros uno de otro, cada quien hacía su torta, castillo, comida, en fin, concentradísimos. Pasaron así unos diez minutos. De pronto, sin hablarse, se juntaron y empezaron a construir algo comunitariamente: uno traía más arena, otro juntó ramitas y las iba poniendo por aquí y por allá, la otra construía y dirigía la obra. Estuvieron así por un buen rato.

Algo los llamó a la acción más fuerte y salieron disparados como resortes. Gabriel fue a los columpios y me saludó con su manito mientras me mostraba lo alto que llegaba. Sofía fue a las barras paralelas y empezó a treparse y hacer pruebas e intentar cada vez una morisqueta más difícil. Nicolás encontró el puente colgante sin niños y aprovechó la oportunidad para vencer su miedo a cruzarlo, a su tiempo y sin presión, para poder tirarse luego por el tubo-tobogán: lo hizo! Y luego, unas diez veces más...

De nuevo y no sé si hubo un llamado que yo pude no haber oído, se juntaron en el juego del puente: corrían y se tiraban uno detrás del otro, no paraban de reirse; se tomaban de las manos y se largaban en trencito y de la mano seguían corriendo para treparse y volver a subir. Otra vez cada uno abría las piernas para que su hermano fuera delante en el hueco, luego los tres abrazados, y así. Reían y reían. Me saludaban felices, querían que viera cada una de sus locuras en el tobogán.

Fue el período más largo de juego. Una vez más, cada uno volvió a lo suyo: en la arena, en las barras, en el caballito que se mece si uno se mueve fuerte, fuerte.

Me moría de ganas de ir y abrazarlos y besarlos y decirles que los amaba, pero esperé para eso que ellos decidieran que ya estaba bien de juego y vinieran a mí. Era su momento. Lo disfruté y me emocionó verlos.  No podía dejar de pensar en lo que una vez leí, que el mejor regalo que los padres pueden hacer a sus hijos es un hermano...


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