jueves, 2 de enero de 2014

Saliendo del círculo de lo predecible

A diario aprendo de mis hijos, pero ocasionalmente surge algún aprendizaje que me moviliza y me conmueve, y sobre uno de ellos quiero contarles hoy.

Ayer a la mañana, uno de mis hijos -a quien le cuesta mucho ordenar y las veces que lo hace es en medio de discusiones, amenazas y finalmente auxilio de sus hermanos o sus madres- se fue a su cuarto y estuvo jugando solo y en silencio por unos minutos.

Toda madre sabe que ESO debe preocupar :)

La cuestión es que me encaminé por el pasillo para ir a ver qué pasaba. Apenas escuchó mis pasos se paró unos metros delante de su puerta, mudo y sosteniéndose la remera. De buenas a primeras me pareció sumamente sospechoso. Apenás entré por la puerta confirmé lo presentido:  una gran montaña de colchas, sábanas, almohadas y almohadones se erguía caótica y desafiante en medio de su habitación.

Lo confieso: la primera intención fue pegar cuatro gritos, decirle que desarme eso y ordene todo, que no puede tirar la ropa de cama en el piso... En fin. Pude en breves segundo anticipar el desenlace: llantos, quejas, gritos, los consabidos "es mucho" "yo solo no puedo" y mi enojo aumentando gradualmente...

Pero en cambio lo miré. Estaba parado a mi lado, mirándome, estático y creo que atemorizado. Probablemente lo atravesó la misma película que pude ver pasar ante mis ojos. Pude verlo tan pequeño...

Le pregunté por qué  había hecho eso, con la voz más calma que pude.
"Es que yo quería hacer una pileta espectacular, para poder tirarme. Y entonces necesitaba todo eso"
Claramente. Si uno se quiere zambullir en algo, mejor que ese algo sea mullido.  Y con la temperatura que hacía afuera y todos los lugares de recreo cerrados por el comienzo del año, muchas opciones no había que usar la creatividad dentro de casa.

Casi sin reconocerme, le pregunté si creía que iba a jugar mucho tiempo y me dijo que no. Le pregunté también si él pensaba levantar todo del piso cuando terminara y me dijo que sí.

Me fui del cuarto y lo escuché saltar y reir por un rato.
En una media hora sentí sus pasos apurados y lo vi, orgulloso, sonriente y agitado viniendo a buscarme, a condición que le diera la mano y cerrara los ojos.

Fui con él y al llegar a su cuarto, vi como las tres camitas estaban armadas (acordes a su capacidad de armado, claramente) y los almohadones recogidos y el piso despejado. Su sonrisa se extendía de un lado a otro en su radiante carita.

Lo abracé y lo felicité y estuvo el resto de la mañana de muy buen humor y yo también.

No me esperaba ni de casualidad semejante efecto. Casi ninguno de ellos pude prever.  Me alegra inmensamente haberme detenido a mirarlo, poder salir del reflejo y tratar de pararme sobre sus talones.  Me di cuenta que lo hago menos a menudo de lo que pensaba. Que bueno cuando podemos sorprendernos incluso a nosotros mismos saliendo del círculo de lo predecible. Cuando la prioridad es el vínculo, el otro siendo él mismo.

Creo que fue un gran aprendizaje. Creo que aún no llego a comprender por completo la lección, pero me siento profundamente agradecida de haberla recibido.

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