sábado, 29 de junio de 2013

Inocencia

Hay tantas cosas... la frescura de su risa, la pasión de sus enojos, la felicidad sincera, la intensidad de sus miedos, el desconsuelo de su llanto... las emociones intactas y fluyendo cotidianamente, momento a momento. Su capacidad de asombro, su amor incondicional y sin medida.
Pero de todas las cosas, la que me transporta con mayor facilidad y me sumerge de verdad en su mundo infantil, es su inocencia. Esa inocencia que les permite confiar ilimitadamente en el mundo y en las personas: todas son potencialmente amigas, naturalmente buenas, despojadas de segundas intenciones -que de hecho son para ellos, inexistentes-.
Me enternece y me conmueve cada una de las manifestaciones de su inocencia: que se escondan detrás de una cortina transparente, dejando sus piecitos libres e incapaces de contener esa pequeña risita cuando uno pasa a su lado, fingiendo -en voz alta- lo difícil que resulta descubrir su paradero. Que cambien "la cosa maravillosa" cuando jugamos al veo-veo para que mamá, esta vez sí pueda acertar en lo que pensaron. Que se arremanguen los pantalones y vengan sosteniendo su remera levantada cuando jugamos al "distinto" y hay que encontrar la diferencia y que realmente crean que uno piensa que probablemente se peinaron de otro modo. Que te cuenten que las tanten los retaron ese día porque se robaron la caja de fósforos porque querían ver su luz. Que cuando algo desapareció de su vista, que la razón haya sido la magia puede ser aceptado con asombro y entusiasmo.
Inocencia pura, fresca, intacta.
Cómo podremos preservarla? Cuando resulta "natural" o "esperable" que la lógica y la perspicacia la vayan reemplazando? 
Qué dificil es comprender su mundo cuando nos resulta una tarea tan dura considerar válidos todos sus preceptos, cuando los juicios y los prejuicios nos invaden y nos nublan, cuando vivimos tan inmersos en el mundo "nuestro". Creo que el error más atroz sería considerar que los niños son adultos en miniatura, somos tan distintos!
Mis hijos me han dado una segunda oportunidad para volver a mirar el mundo, para sentirlo en lugar de pensarlo, para reconocerme detrás de las estructuras y los moldes, los roles y las definiciones que he ido creando acerca de mi.
Infinitamente agradecida a ellos, a Dios, a la vida, a mi compañera de viaje  por esto.


Buscando los huevos que dejó la Liebre de Pascuas

miércoles, 26 de junio de 2013

Mamá.... y hoy que vamos a comer?


Apenas superados los primeros treinta segundos de la alegría por el reencuentro, del correr a mí al grito triplemente multiplicado de "mamá", los besos y los abrazos, ésta suele ser la pregunta de mis hijos cada vez que voy a buscarlos del jardín, es decir, a diario.
Siendo la hora que es -medio día- y considerando que ya todo está resuelto para el momento de su llegada, se podría pensar que la respuesta al interrogante es sencilla. Ni tanto. Por que verán, he descubierto que para mis niños no es tan importante el contenido en sí del menú como el modo en que el mismo sea presentado. De modo que nuestros almuerzos han pasado a ser "los ravioles que nos encantan", "las milanesas con puré que me pidieron el otro día", "la tarta de brócoli con semillitas como comimos en el campo del abuelo" o "fulanito que ustedes me ayudaron a comprar en el super" y "menganito que les gustaba muchísimo cuando eran chiquitos"... Si no hay una conexión emocional positiva, cualquier menú, por delicioso que sea, está destinado al fracaso -esto por que nunca jamás vuelvo a repetir la nefasta experiencia de mencionar el postre y que la comida se transforme en un suplicio esperando la llegada de lo que realmente querían comer-.
Suelo preocuparme y ocuparme bastante en relación a la alimentación de mi familia y como con casi todo, a medida que voy leyendo, interesándome, conociendo gente nueva, voy tratando de mejorar el menú, su variedad, hacerlo más saludable, en fin, lo normal del oficio. Me gusta mucho cocinar y comer lo que cocino, eso creo que lo hace mucho más fácil todo.
Mis niños son de buen comer y no me refiero con esto a la cantidad, pero suelen medianamente terminar su plato con cualquier cosa que este contenga. En épocas difíciles pueden encontrarse paisajes o muñequitos y cuando están más receptivos, comida normal, digamos.
Comen de todo: legumbres, cereales, vegetales, carnes, huevos... de todo. Aman las frutas pero eso es parte de las meriendas, desayunos y postres, así que no cuenta.
Siempre que puedo trato de poner ingenio, además de amor, en cada plato o en el modo de presentárselos. Pequeños trucos para que prueben esto o aquello: deliciosas hamburguesas en el pan que le corresponde, con queso, tomate y lechuga, pero tanto como una hamburguesa tradicional de carne puede haber quinoa, lentejas, yamaní, mijo. De todas mis comidas, no hay nada que ranquee tanto en versatilidad como las milanesas, que literalmente, pueden ser de cualquier cosa.
Que yo me he creido que con eso los tenía como clientes cautivos, pero resulta que hoy he descubierto que me han pillado y aquí viene la historia que motivó este post:

Hoy íbamos a comer merluza, en milanesas, por supuesto. Como me imaginaba que podía haber uno que otro opositor, también hice tallarines de morrón y puré de calabaza, que en sí mismos ya me resultan alimento suficiente.
Luego de la consabida pregunta acerca de lo que íbamos a comer, traté de presentar el tema lo más marketineramente posible: "Hoy vamos a comer unas milanesas muy especiales y muy ricas, un delicioso puré de calabazas y tallarines naranjas que Nico me pidió que comprara cuando hicimos juntos el pedido al super".
Sofi empezó a llorar y dijo "Pero yo quería carne!" Entonces le dije que las milanesas que íbamos a comer hoy eran de carne, de una carne diferente porque era de pescado, pero de carne al fin.
Se quedó un rato pensando y luego me preguntó: "las milanesas son de círculo?"
No pude más que largar la carcajada mientras manejaba... mi niña ha descubierto el truco!!! Las milanesas que realmente le encantan no vienen en "círculos"... esa forma es indicativo de que las milanesas son "sospechosas", como mínimo.
Por supuesto se ofendió un poco de que me hubiera reido con su pregunta, pero al explicarle el motivo de mi risa y asegurarle que las milanesas de hoy no eran circulares, se calmaron los ánimos y esperó tranquilamente a ver su plato.
Que si comió uno el pescado de buena gana, la otra con mucho puré porque mucho no le gustaba y el tercero me pidió que lo quitara del plato y se dio panzada de tallarines y puré de calabaza, pasa a un segundísimo plano.
Porque claramente, lo primero, es que mis niños saben con exactitud lo que les gusta y lo que no, aunque se lo coman todo y que no hay forma de que pase gato por liebre. Me han descubierto. Pero soy una de las madres que les tocó y la que mayormente se encarga de la comida, así que eventualmente, seguirán habiendo milanesas circulares, y de las otra, por supuesto.

Amo que me hagan reir tanto como amo verlos crecer. 
Amo que me hagan siempre volver a pensar lo que pensaba y revisar aquello que daba por sentado y la mayor de las veces, cambiarlo.
Amo que encuentren el modo de hacerme tener presente que son, cada uno, una personita diferente y los tres diferentes a mi. Y a ella. Y puede parecer una verdad trillada, pero a veces asumimos necesidades de los otros que no son tales, y otras  "asumimos a los otros", directamente: gustos, modos, pensamientos, emociones, sentimientos. Y no. Y como a nuestros niños les encanta complacernos o porque son sumamente adaptables, podemos llegar a creemos una cosa por otra. Que bien que ellos estén ahí para hacerse conocer.

Cómo me gusta ser mamá.

martes, 25 de junio de 2013

De pañales, chupetes y mamaderas...












Prólogo

Este es el cuento de cómo hemos y vamos recorriendo este camino. Un camino sobre el que mucho se ha escrito y se seguirá haciendo y nunca faltarán opiniones al respecto: que es lo que se necesita para dejar de ser bebés y pasar a ser niños, que debe hacerse de tal modo o de tal otro, que mejor antes, que mejor después, en fin... muchas cosas. Y muchas palabras, que sólo te sirven cuando se parecen bastante a tu realidad y la de tus hijos.

Por principio, suelo oponerme a la imposición. Para todo. Para mí. Para mi familia. A veces no queda más remedio, pero me cuesta horrores cuando toca. Y sé que estoy acercandome peligrosamente al otro tema que rankea cabeza a cabeza con este cuando se trata de literatura bebuno-infantil: los límites. Pero no quiero entrar, por ahora, en ese terreno sobre el que ya he hablado por aquí (y que deberé revisar en algún momento a la luz de los dos años y medio que han pasado desde que lo escribí).

Así que aquí vamos con lo que hoy nos interesa.

Capítulo I: Pañales

En algún momento y alocadamente, porque el verano estaba presente y aparentemente eso hace más fácil limpiar pis por toda la casa, se me ocurrió probar un día. Ellos tenían dos años. Se detuvieron alguna vez mientras veían formarse el charquito en el piso para salir corriendo luego, con la ropa y los pies mojados, a seguir jugando como si tal cosa.  Me llevó un par de horas recuperar la cordura. 
Mis hijos estaban a algunos meses de cumplir tres años y nos reunimos un grupo de familias múltiples a pasar la tarde. Se habló del tema y yo muda. Hasta que mi amiga -madre de tres bellas niñas que también decidieron venir al mundo en tribu- volvió a hacerme la broma de siempre: que yo iba a esperar a que mis hijos me entregaran el pañal dobladito y lo tiraran a la basura para decidirme a quitárselos!!!
Y en cierta forma fue así. Por qué? No quise nunca ni imaginarme más de un día igual a aquel en que decidí hacer la primera prueba de adiós al pañal. No. Llamenme vaga. Puede ser. Llamenme cobarde. También lo acepto. Pero la decisión de esperarlos no pasó en primer término por pensar en mí, pueden creerme.
Mi niña me dijo un día que los pañales le molestaban y que no quería usarlos más. Faltaba un mes para cumplir tres años. Hicimos la prueba y claro que hubieron algunas mudas de ropa y algunos charcos, pero no fueron tantos. Tenía que convencerla de llevarlos puestos para las salidas y nunca los quiso de noche, desde el primer día. 
Uno de los varones, como su hermana no usaba pañales, tampoco los quería. Lo intentamos de día algunas veces pero siempre se olvidaba de avisar porque jugar... claramente es mucho más entretenido!!! Aunque hicimos un gran esfuerzo porque cada accidente fuera sólo eso, un accidente, y se tomara con humor y paciencia, notaba que él se sentía mal cuando ocurrían. Volvimos a los pañales y de día los aceptaba sin problemas pero a la noche, lloraba y se quejaba y pedía a gritos no usarlos. Dos días. Al tercero, dejé mi lógica y todo lo que había leído de lado y puse un protector de colchón en su cama como había hecho con su hermana y durmió con sus amados calzoncillos. Y amaneció seco. Y así por varias semanas hasta que, con los pañales puestos  sólo de día empezó a pedirme ir al baño, cada vez con más precisión, hasta que un día no los quiso más y así se fueron.  Hubieron accidentes en algunas salidas, porque una vez que el pañal estaba fuera detestaban volver a ponérselo. Nos acostumbramos a salir con mudas de ropa y a confiar en sus decisiones. Apenas un mes pasado su cumple de tres, estaban los dos sin pañales y con una tasa mínima de accidentes.
El otro niño no tenía ni el más mínimo interés en dejarlos. La pediatra me sugirió que ya era hora. En un par de meses venía el jardín. Era verano. De nuevo me picó el bichito y pensé "y si lo ayudamos?". Bueno, el niño dejó los pañales en un par de semanas, en un enorme esfuerzo de adaptación, pero el proceso no fue ni tan simple ni tan llano como en los casos anteriores. Hubo que levantarse muchas veces en mitad de la noche. Pero no quería pañales una vez sacados. Hace apenas un mes que la situación mejoró notablemente. Probablemente ese hubiera sido su momento y talvez me equivoqué en adelantarlo- mis disculpas hijo!
Luego de hablar con otras madres de niños mayores que ellos me entero que no es poco común que hasta los cuatro ya cumplidos usen pañales de noche. Pero no estábamos al tanto... que más puedo decir en nuestra defensa...

Capítulo II: Mamaderas (o biberones, para mis amigas del otro lado del océano!)

Esto ha sido responsabilidad mía y sólo mía y si por mi fuera cada mañana les daría su mema en la cama mientras los visto dormidos y los mandaría al jardín con media hora más de sueño. Y sí. Lo confieso. Y también mérito de ellos y sólo de ellos. Claro está.

Hasta febrero pasado tenía la ilusión de que los desayunos fueran más simples y llevé con nosotros las memas a las vacaciones.  Una resultó funcional, pero las otras dos pasaron del bolso a la repisa y de la repisa al bolso.  Y así fue que una semana antes de empezar el jardín, los mismos dos que abandonaron la mamadera dejaron de tomar leche y hubo que empezar a explorar posibles desayunos que tuvieran ganas de comer habiéndose levantado a las 6:30 de la mañana. Por suerte quedaba uno que tomaba la lechita en su cama... Hasta que ese uno, además de la "lechita en su cama" empezó a pedir desayuno como los hermanos y así fue como paulatinamente la tercera sobreviviente desapareció de  nuestras vidas.  Los primeros dos no toman ni chocolatada ni nada. Los licuados si le sienten mucho gusto a leche no les gustan. No prueban el puré de papas si le agregué "eso".

Así  es que de mañana empezaron a reinar el  yogur y los jugos de frutas  -limitados por el tiempo y las marcas comerciales que ofrecen jugos frescos, sin conservantes, sin azúcar agregado...- los cereales, los panes con queso/manteca/miel/dulces, frutas cortadas, los sanguchitos.... ufff.... qué complicación!!!  Y qué contarles de las exhortaciones ad infinitum para que coman algo de aquello que ayer les encantó...

Las meriendas suelen ser frutas y algunas galletas y alguna vez al mes está el mimo del pionono con dulce de leche, que es claramente un favorito.

Corto y sencillo, muy sencillo nuestro capítulo de la mamadera. Ningún, pero ningún esfuerzo. Y aunque aprendieron a tomar con sorbete o bombilla de muy pequeños y en vasos comunes pasado el año y medio,  no sé por qué, nunca tuve YO la más mínima necesidad de que ELLOS dejaran la mamadera. Creo que eso debe haber favorecido el proceso.

Capítulo III: Chupetes

Aquí se pone más arduo el asunto. Por un lado porque aún es parte de nuestra realidad y por otro por lo público del asunto. Los pañales y las mamadera son más bien cosas íntimas, que salvo que alguien tenga un interés particular por el tema, no suelen ni preguntarte ni señalar acusadoramente al niño que aún no los deja.

Pero el chupete... no hay quien en la calle no les diga que ya están grandes, que qué feo, que qué asco.  Y me da mucha bronca. Aunque debo admitir que en casa y en algunas circunstancias de agotamiento mental y falta de creatividad, yo misma se los he dicho.

Porque con el chupete, yo no me llevo bien. Mis años de estudio y de laboratorio en contacto con el mundo microbiológico me hace renegar de esa peste metida en la boca de mis enanos... La pediatra en este caso no expresó dictamen. Y yo sé que es horroroso el tema del chupete con grietas, desde todo punto de vista, pero me he negado a comprar más chupetes y los usan hasta las últimas instancias... hasta que llega uno nuevo. Inconsistencia total. Lo sé, no me lo digan.

Y de nuevo, creo que el conflicto pasa porque no me decido. Por un lado están sus tiempos, sus ritmos, el respeto a sus apegos y sus dependencias y a su propio proceso de liberarse de ellos. Por otro que los veo con ese chupete y pienso en los hongos, en las bacterias... puajjjjjjjjj!!!
Mi argumento más utilizado es que ya están grandes. Y veo esas manitos pequeñitas y esos ojitos dulces e inocentes mirándome y me siento casi una mentirosa. O una mentirosa entera. Mi esposa diría que exagero. Pero yo soy así: hiperbólica, que puede hacerse al respecto!

A uno solo convencí con mi argumento: el olor del chupete al despertarse. Es tan sensible su olfato que una vez que se dio cuenta no pudo volver a ponérselo. Lleva más de un año sin chupete. Pero con los otros dos no hay caso. A veces dicen que no usan más, pero lo piden al cabo de unas horas. Alguna noche han dormido sin chupete. Otra, que una vecina se rehusó a devolver el que cayó a su balcón, lo han compartido. Un par de veces nos hemos olvidado todos y uno de los peques entró al jardín con chupete, lo que fue un poco menos que vergonzoso -para el niño y la madre.

Realmente espero que se decidan antes de los cuatro o que mi creatividad se dispare y los convenza. No me gustan esos chupetes. Y no me gusto yo tratándolos de "grandes para chupete" o negándoselos o quitándoselos, no. Claramente no estoy a favor de eso.  Pero no me gustan esos chupetes!!!!

Epílogo:

Hay pequeñas cosas en las que empezamos a ensayar el "arte de soltar". Ellos como protagonistas de su vida y sus propios procesos. Nosotras como madres que buscamos que se desarrollen sana y libremente, amados sin condiciones.
No entiendo por qué hay fechas y plazos para todo, no sé porque a veces los asumimos como válidos, nos asustamos y preocupamos si nuestros niños no llegan a ellos, nos sentimos orgullosas y satisfechas si los cumplen o se adelantan. No desconozco el poder del entorno, de la socialización,  la influencia de los demás sobre el accionar individual. Pero no dejo de preguntarme por qué a veces con la mejor de las intenciones y el máximo esfuerzo de poner conciencia además de amor en el asunto, caemos en ello.
Unos escaparemos de los pañales y nos pasarán de lado las mamaderas pero quedaremos atrapados en los chupetes. Para cada quien su combinación letal o perfecta. Pero todos atravesamos por estos pequeños hitos sin indiferencia.
Y claramente todos los niños en un momento o en otro dejan el chupete, el pañal, la mamadera... por qué tanto alboroto? 
No lo sé. Sólo sé que no existen recetas ni teorías ni análisis que ayuden. Sólo existen realidades, tantas como individuos. Y tal vez nos sirva de algo -o talvez de nada-, compartirlas. Pero por si lo primero es cierto, aquí va este post, que juega a ser ensayo - sólo por sacarle seriedad al asunto.
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