viernes, 9 de marzo de 2012

Un nuevo hijo...

No diría muchas pero varias veces he pensado en que me gustaría tener otro hijo. Sí, después de los trillizos. No están leyendo mal. Y resulta que entre haberlo compartido con otras madres de trillizos y haberme encontrado hoy nomás con un viejo post de Cintia (Tener otro bebé después de los trillis) me doy cuenta que es un deseo -en algunos casos- o una fantasía -en otros- bastante común entre las madres múltiples.




Pero es que no tenemos suficiente?  Es que transformarnos en madres de dos, tres o más hijos a la vez nos genera una especie de locura colectiva? Por qué? Para qué otro hijo?

 

Y formulo las preguntas desde un entorno de cierta intimidad. Primero, porque creo que nadie fuera de la pareja  -a no ser que te mantenga o te cuide los hijos sin cobrar- tendría derecho cuestionar y mucho menos juzgar la intención o la decisión ya tomada.




Segundo, porque voy a responder desde mí y desde lo que percibo como un espacio común de la maternidad múltiple.




Si tenemos suficiente o no, pues depende de la historia personal, de los proyectos, de las necesidades de cada una. Desde lo personal, considero que tres hijos es un buen número. Si los hubiera tenido por separado, probablemente hubiera tenido dos, por cuestiones de edad, presupuesto, etc. Pero hubiera querido cuatro. Por qué? Porque de forma muy frecuente he notado que en las familias con dos hijos suele ser el mayor el que tiene más responsabilidades y cargas y en las de tres hijos el del medio siempre anda buscando su lugar y no le queda más que sentirse eso, el del medio. Pensaba que cuatro es un número suficiente para equilibrar cargas y compartir desde lugares más equivalentes y por lo menos al medio quedan dos, que se harán compañía en caso de necesitarla. Pero con los tres nacidos al tiempo, ninguno de estos argumentos me resulta ya válido. Con lo cuál, es un número que me va muy bien.
Me encanta tener una niña y dos varones. No me ha quedado ni un sabor en el tintero.
Entonces?




Pasemos al segundo punto: pérdida de la razón. Pues aquí, podrán haber algunos casos que me excedan, pero en general, para hablar de lo colectivo de la maternidad múltiple y en lo particular para referirme a mi propia vivencia, paso de este motivo.  Por un tiempo más o menos extendido podrá ser que nos cueste más o menos explicar o dar razones acerca del deseo o la fantasía de un nuevo hijo. Pero las hay.




Muchas de ellas, creo, están relacionadas con el desfasaje que uno vive entre el embarazo, parto y crianza pensados, planificados, soñados y tal vez idealizados, frente a la realidad no siempre rosa y sencilla de gestar, parir y criar a tres hijos a la vez.




Y si de embarazo se trata, debo decir que en mi caso personal, la pasé muy bien. Que sí, que tuve nauseas hasta pasados los cuatro meses. Que sí, que me asusté horrores las dos veces que tuve pequeñísimas pérdidas. Que sí, que finalmente no dormía y mi panza ocupaba tanto espacio y pesaba tanto que se hacía muy difícil hasta la tarea más sencilla, como dormir. Que sí, que tuve que hacer más reposo. Que sí, que no respiraba en cada ecografía hasta que los tres corazones latían en los parlantes. Que sí, que a veces dolía cuando se encajaban cada uno en un sitio. Que sí, que la piel de la panza se estiró tanto que el ardor a veces se hacía insoportable. Pero todo esto lo digo anticipándome porque cuando digo que para mí el embarazo fue maravilloso me dicen que me he olvidado de todo. Y no. No se me olvida. Pero para mí fue maravilloso. Para mi fue mágico concebir a mis hijos un Jueves Santo. Fue el periodo de mi vida en que me sentí más vulnerable y a la vez y por eso mismo más conectada a mi misma, a Dios, a mis raíces. Pude conectar muy bien con mis hijos por nacer. A la semana 16 les dimos un nombre y poco más adelante dejaron de moverse y podía ubicarlos perfectamente en mi vientre: sabía de quien era esta cabeza o esta cola aunque las patadas pudieran, a veces, entremezclarse. Sabía que de los varones Nicolás iba a nacer primero porque estaba recostado al fondo de mi útero, así que no temía darles el nombre equivocado. Gabriel y Sofía estaban arriba, a derecha e izquierda respectivamente. Me cuidé. Mantuve siempre la fe, la confianza. Hice una oración para ellos que repetía cada vez que sentía miedo por su seguridad. Comí sano. Comí de colores como me aconsejaba Chopra en su libro. Medité. Les dibujé. Les canté. Les hice escuchar música clásica y María Elena Walsh. Les escribí un diario. Trabajé desde casa desde el cuarto al séptimo mes de embarazo. Leí. Nunca jamás sentí que mi embarazo fuera un trámite (El embarazo no es un trámite), nunca jamás pensé que quería que se terminara ya, que no aguantaba más, que necesitaba que estuvieran fuera de mi. Al contrario. Creo que supe unos día antes que iban a nacer y les escribí en el diario diciéndoles que ya no iba a seguirles pidiendo que aguantaran, que los dejaba libres, que los esperaba cuando quisieran venir. Y mi cesárea no fue de urgencia, pero sólo tuve contracciones la mañana del día que nacieron. Mi embarazo fue, en las circunstancias que me tocaron, todo lo que anhelaba.  Todo esto para decir que no me he quedado con ganas de vivir distinto el embarazo.




Cuando mis hijos nacieron comenzó el desfasaje... Mucho de esto ya lo he comentado en mi post sobre Lactancia, así que no voy a repetir, que ya bastante largo se me ha ido. Pero sí, fue a partir de aquí que mis planes, mis sueños, mis ideales se vieron enfrentados a una realidad que muchas veces me impidió seguirlos. En otras ocasiones no fue la realidad sino la que interpreté como tal, cuando creí lo que me decían acerca de qué necesidades y que ayuda iba a necesitar, lo que terminó poniéndome contra una pared. Viví con culpa y molestia la presencia de extraños al cuidado de mis hijos. Me molestaba que todo el mundo opinara que ya estaba bien con eso de la teta o de la novedad que provocaba verme darles de mamar de a pares. Me molestaba que mis hijos miraran los ojos de otra persona (que no fuera de la familia, claro) cuando eran alimentados con mamadera. Quería hacerlo todo yo. Mi mujer trataba de cuidarme, de disminuirme la carga, de protegerme, pero como además de compartir el cuidado de los niños cuando estaba en casa, trataba de convencerme de tener más ayuda cuando ella estaba afuera, durante mucho tiempo la sentí en mi contra. Por que no me entendía, y yo no lograba expresar mi necesidad de estar sola con mis hijos!!!!!! Aunque todo se fuera de las manos, aunque pudiera terminar llorando y pidiendo ayuda a los gritos, no quería a ningún extraño en casa, no quería a nadie que me dijera qué hacer o cómo hacerlo o que simplemente me mirara mientras yo hacía. Necesitaba intimidad con ellos. Y gracias a Dios, a los seis meses de mis bebés me di en el gusto, y hasta sus diez meses estuve yo sola cuidándolos, salvo algunas tardes en que una persona con la que me sentía cómoda y bien y que aún hoy sigue conmigo en casa, venía para que yo pudiera descansar un rato. Qué placer poder o no poder pero por mí misma... Muchas veces pude, otras tantas no...

Que mis hijos no han dormido casi nunca solos es cierto. Hasta los tres meses juntos en una única cuna y una de nosotras en una cama al lado, tocándolos al mínimo movimiento. Desde los tres a los seis, en la cama grande -no tan grande en ese entonces- ellos tres ocupando todo un lado y una de nosotras el otro lado y la que quedaba afuera durmiendo en otro cuarto. Recién a sus seis meses fueron cada uno a su cuna y durmieron la mar de tranquilos.. hasta el séptimo mes que les vino la angustia del octavo por adelantado.. que luego los dientes y que otro día una fiebre y así y así... la cosa es que se la han pasado más con nosotras, si hacemos un promedio. En sus veintisiete meses actuales, nunca se han dormido sin compañia para conciliar el sueño y hemos acudido cada vez que lloran y han pasado a nuestra cama, que ya nos decidimos hace un tiempo por ampliar, cada vez que lo han pedido. No es poco frecuente amanecer los cinco.

Que no les han faltado besos ni mimos ni cantos ni juegos.

Pero si les han faltado brazos y si les han faltado upas aunque hayamos intentado darles todo lo que podíamos, aunque hayamos pasado desde que empezaron a estar en mantas en el suelo a estar nosotras a ese nivel para que todos pudieran "encimarse". Pero a veces no se puede,  han estado enfermos y uno de los tres se ha tenido que conformar con aferrarse a una pierna o un brazo porque no cabía en el regazo. Y sí les ha faltado exlusividad. Y si les faltó piel, cercanía, calor, latido sus primeras horas, sus primeros días.

Y aquí encuentro yo mi por qué del deseo o la fantasía de otro hijo.
Porque me gustaría que algunas cosas, muchas cosas -aunque al que lee puedan parecerle que no sean tantas- fueran como pueden serlo cuando es uno el bebé que se está criando. Aunque tenga hermanos mayores, siempre hay un tiempo en exclusiva. Siempre alguien entiende que el nuevo bebé necesita su espacio con mamá y entonces la abuela, la madrina, el tío llevan de paseo al mayorcito, que también la pasa bien y se divierte -y seguro le podrán explicar que él ya estuvo con mamá como lo está ahora su hermanito bebé. Y aunque esto pueda ser eventual, existe y  está la conciencia de la necesidad que tienen la mamá y el bebé de estar a solas, de relacionarse uno a uno. Y luego será que el hermanito empieza el jardín y ese será el tiempo de atención exclusiva y así en lo sucesivo si es que vienen otros niños a la familia. Pero si llegan tres de golpe, incluso la nueva madre no sabe si quiere estar sólo con uno y que de los otros dos se encargue alguien más, porque aún no ha pasado el tiempo que ha querido o necesitado con esos otros dos hijos tampoco. Todos son nuevos, todos son necesitados y están en necesidad. Se transforma entonces la cuestión en una paradoja de difícil solución.

Entonces llega el para qué? Y eso es lo que más me ha costado responder y no creo tenerlo del todo seguro. Pero pienso que en parte para sanar un poco mis heridas y curiosamente y no sé de qué modo, para sentir menos culpa por lo que me faltó darle a mis hijos actuales. O para justificar que fueron las circunstancias y no mi propia imposibilidad la que causó esas heridas, talvez esto último sea un argumento muy fuerte.


Y a mí me resultó que cuando empecé a preguntarme una y otra vez, "para qué otro hijo?" obtuve una respuesta de mi interior bastante distinta a la que esperaba y que de hecho no sólo no responde a la pregunta si no que disipó de mí esa necesidad, deseo o fantasía.

Por un lado, las carencias de un hijo no se reparan con la falta de carencias de otro. Nada va a hacerme olvidar ni el recuerdo conceptual ni el remolino emocional de no  haber estado con mis bebés sus primeras 20 horas de vida. De no llevarme a mis hijos a casa cuando me fui de la clínica a los 4 días de su nacimiento y de tener que esperar 12 y 14 días más para hacerlo. De haber dejado que alguien los cuidara las primeras noches en casa -por suerte y gracias a mi "falta de piel" con la persona, fue muy poco tiempo. Eso es parte de lo triste de nuestra historia.  Y va a quedar ahí, va a seguir siendo porque aunque pueda ser diferente la historia del próximo hijo, no reemplaza la de los anteriores. Cada cosa es lo que es. Y lo que duele tendrá que doler y todo lo mucho, lo muchísimo, lo infinitamente mucho que se ha disfrutado no puede ser opacado sino enaltecido a la luz de esa convivencia con lo que hemos sufrido.

Además, me di cuenta de que puedo reparar esa falta. Puedo sanar mis heridas y las de mis hijos por las carencias que todos afrontamos por encontrarnos, conocernos y relacionarnos en grupo. Puedo darles a mis hijos aquello que faltó? No. Puedo compensar esa falta con brazos ahora, upas ahora, momentos exclusivos ahora? Yo creo que sí. Creo que hoy puedo dejar a dos con su otra mamá, con una abuela, con una cuidadora de confianza por algunas horas y dedicarle a uno solo ese tiempo en exclusiva que no pude darle al principio. Lo he empezado a practicar y se siente muy bien y me doy cuenta lo bien que les sienta a ellos. Podemos hacerlo juntos y gracias a que somos una familia en todos los sentidos de la palabra, lo seguiremos intentando.

Nuestra familia no necesita más hijos. Lo que necesitamos es tiempo, más tiempo...


 

jueves, 8 de marzo de 2012

Un juguete de bajo costo y alto rendimiento

Hace tiempo que queríamos hacerles una casita, pero la única caja grande que llegó a casa la usamos para guardar cosas en la cochera. Se me ocurrió ayer pedirle al encargado del edificio, que es una persona muy servicial y agradable, que si alguien tiraba una caja grande y firme, nos la reservara.
Esta mañana llegó con la caja de un televisor. En media hora la limpié, le puse cola y le pegué un papel de regalo a cuadritos para hacer el techo y papel blanco para las paredes, dibujé una puerta y una ventanita circular en los extremos angostos y ventanas de doble hoja en los extremos más anchos. Con un cuchillo de sierra corté lo suficiente para que se abrieran y del otro lado quedara una "bisagra" lo suficientemente fuerte como para que cueste arrancar esa parte. Unos resaltadores usados rápidamente le dieron color a puertas y ventanas. Sólo hubo que esperar unos minutos  a que secara la cola. Pueden ver aquí como la disfrutaron y le encontraron posibilidades en las que no había pensado inicialmente. Les puedo asegurar que les queda un buen rato para cansarse de ella.
Lo mejor de todo, no costó nada y llevó muy poco tiempo y esfuerzo dejarla bonita. Dan ganas de seguir reciclando, no?


Esperando que se seque la casita


Ventana o puertita?



miércoles, 7 de marzo de 2012

Descubriendo el mundo y contándolo!

Estoy disfrutando de mis hijos cada día más. No porque no los haya disfrutado antes, no es así. Cada etapa ha sido plena y en cada una he pensado que no sería posible una vivencia mejor... Recuerdo que en un foro, luego de haber contado yo las andanzas de mi hijos, bebés aún, una mamá me dijo que le daba cierta nostalgia esa época pero que le encantaba cómo eran sus hijos a los dos años. Y yo pensé que claro, que era su madre, que sus hijos ya no iban a ser bebés nuevamente y que seguramente sería muy bonito pero que el encanto de bebés era inigualable: su ternura, lo que aprendían y crecían cada día, su forma de compartir y de manifestar su amor... Qué equivocada estaba!!!
Ayer Nico hizo un descubrimiento maravilloso: estuvimos en la tarde mirando la luna desde el balcón, blanca y redonda en el cielo celeste. Luego de la cena volvió a salir y me llamó a los gritos, señalándola: "mamá luna luz!" Su carita de alegría, todo su cuerpito lleno de esa felicidad que da aprender algo nuevo y en este caso tan bello, daban cuenta de las transformaciones que se producen en mi niño y que no puedo ver salvo en lo que se manifiesta. Mi hijo se hizo un poquito mayor, descubrió por sí mismo que la luna de noche está iluminada y se lo enseñó a cada uno de sus hermanos. No costaba ver ese orgullo inocente y genuino y sus hermanos estaban la mar de felices también, sumándose luego con sus vocecitas "luna luz! luna luz!"
Sofía está con la lengua cada vez más suelta (o "hecha una picuda" como diría su abu Carmen). Ayer fuimos juntas a una clase de eutonía para mamás con bebés y aproveché la oportunidad para hacer un viaje en colectivo, una experiencia nueva para ella. Creo que se asustó un poco cuando el chofer arrancó y nosotras seguíamos paradas, ella a upa, sacando el boleto y luego caminando al asiento, pero no dijo nada, sólo se apretó fuerte a mi. Yo no hice ningún comentario sobre eso, sólo le mostré lo que podía ver desde la ventana y como el viento movía sus rulitos. Al volver de la clase era horario congestionado, así que tomamos un taxi. Cuando pasó un colectivo al lado me dijo "tivo calle lejos ráaaaapido brrrr!" haciendo un gesto que acompañaba el vértigo de velocidad que ella había sentido. Le pregunté si quería volver a viajar en colectivo y me dijo que sí muy sonriente, así que me quedé tranquila y por otro lado sorprendida: yo no le dije que el colectivo iba rápido, ella lo supo, tampoco que íbamos lejos (era sólo a 5 min de casa, pero para ello debió ser mucho). Y además me sorprendió que usara tantas palabras juntas, antes de eso lo máximo en general eran tres. Esta mañana, cuando la vestí, cumpliendo su requisito de que tiene que tener algo del mismo color si hay más de una prenda, le mostré que en su remera había un gatito rosa y su pantalón era rosa también(costó porque la remera era verde con varios dibujos, pero con este argumento se dejó vestir así). Entonces al bajar del cambiador fue con su otra mamá y le dijo "tito emera missssmo color pantaón" señalando todo. Y así siguió todo el día "tauuu tele a domí siessssta mamá" diciendole al dibu de la tele que ven mientras terminamos de acomodar lo del almuerzo, que iban a dormir la siesta conmigo.
Gabriel sabe que la mamadera de Nico tiene una marquita, que fue variando para que sea cada vez más imperceptible y poco apetecida: si tenía manijas todos querían esa, si la mamadera era más grande también, aunque el contenido sea el mismo. Esto es porque Nico se tomaba 2 mamaderas seguidas (la de él y las dos mitades que dejan habitualmente sus hermanos) y luego no comía más... Así que ahora sus mamaderas son "bautizadas"  como recomendó su homeópata (y funciona!). La última vez puse un pedazo pequeñito de cinta aisladora blanca sobre el recipiente a la altura que queda cubierto con leche. Gaby aceptó la meme que le dí, pero agarró la que tenía la cinta, le pasó el dedo por encima y me dijo "maquita Quico" como diciendo: "mamá, me tomo esta, pero esta otra es la que tiene la marquita para Nico, yo lo sé..."
Así están. Así son. Así descubren el mundo y  a sí mismos cada día... Y así nos tienen, cada vez más enamoradas.
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