jueves, 19 de enero de 2012

Las mamás se equivocan (yo al menos, un montón!)

Justo ayer hablaba con una amiga con quien comparto desde hace un tiempo ideas sobre la maternidad, la crianza, la educación. Las dos somos mamás múltiples, ella tiene dos varones mellizos de la misma edad que mis hijos, lo cual resulta una excusa genial para vernos y mientras los niños juegan, nosotras tenemos la oportunidad de charlar. Ayer hablábamos de la omnipotencia y omnisciencia con la que a veces, las madres, por el sólo hecho de ser madres, creen tener la razón absoluta y decidir sobre lo que es mejor para sus hijos. Claro, hablábamos de otras madres, no de nosotras. Que tenemos otros defectos, claro, pero ese no. Y esto viene a que siempre estamos replanteándonos el por qué esto y el por qué aquello y si algo que nos parecía natural y apropiado, o consensuado social y culturalmente, llega a no resultar con nuestros hijos, buscamos el modo de hacerlo distinto para verlos bien, para que estén felices, que es nuestro termómetro de si vamos por buen camino. Un día después, me miro al espejo y me río, porque de nada sirve hacer otra cosa salvo reirse de uno mismo, aprender de sus errores y volver a empezar. Que fui pedante y que juzgué a alguien que apenas conozco, y eso está mal, seguro.  Que yo estaba en lo cierto respecto a la imagen de mi misma: claro que no!!! Estaba equivocada.... muchas veces, muchas, muchas, yo también creo que por ser madre sé que es lo mejor para mis hijos sin consultarles incluso en cosas sobre las que ya pueden tener opinión! Claramente van a ir al colegio que decidamos sus madres y no vamos a incluirlos en la discusión sobre la línea pedagógica, que si es Waldorf o tradicional, que si es pública o privada, que si simple o doble turno, que si actividades extras en la escuela o afuera de ella... Pero una vez allí dentro podemos ver cómo se sienten y qué nos cuentan, o con sus palabras o con sus tantas otras formas de expresarse, para ver si es esa realmente la mejor opción para ellos.  Por qué eso lo veo tan claramente y cuando se trata de cosas simples, como la comida o el sueño la cosa se desdibuja y termino no teniendo en cuenta lo que a gritos me reclaman?
"Nico no come", lo he dicho tantas veces que he llegado a creerlo. Hasta le he llamado a su pediatra para consultarle. Nico no come lo que le sirvo en el plato al medio día o la cena. Eso es medianamente cierto. Porque a veces come. Sobre todo si son salchichas o pizza o fideos o papas fritas o algún día si le va bien, el tomate. Nunca se niega a tomar mamadera y suele terminar lo que dejan los hermanos. Si preparo una leche con nestum, él es quien se encarga de que desaparezca. Le gustan las frutas salvo la manzana. Come cualquier tipo de yogur, postrecito, flan, helado. Se la pasa corriendo, arrastrando autitos, cantando, gritando y bailando. No me parece que le falte energía. Pero el almuerzo y la cena se han transformado en un drama (o una comedia, según se lo mire, claro). Hago cualquier tipo de payasadas, pruebo cualquier lugar nuevo de la casa, lo halago si engulle un bocado y lo reto si luego hace una bola masticada y me lo devuelve. Lo comparo con sus hermanos, que comen TAN bien! (qué horror!!!!!!!!!!). He llegado, en los días que mi absurda insistencia y su comprensible negativa, han acabado con mi paciencia y mi humor, a abrirle la boca y meterle un bocado. Sin más. Pobre hijo. Todo lo que pienso, creo, denuncio y declaro se van por el tacho a la hora de comer. Que me da miedo que no crezca: infundado, es y ha sido siempre el más grande de los tres. Que quiero que tenga buenos modales a la mesa: es cierto, pero tiene dos años, no espero que ahora se comporte como un adulto. Que quiero que  sea de los niños que comen de todo y mucho: para qué, Dios mío, quiero eso??? Para que todos digan que qué educado y qué bien come mi niño? Será que sigo buscando aprobación y aceptación a través de ellos? Mejor empiezo a comer bien yo y dejo de torturarlo. Sí, ya sé, no le pongo una picana ni lo ato a la silla, más bien voy probando una tournée de personajes y escenarios, exhortaciones y alegatos, pero no deja de ser una presión para hacer algo que él no quiere hacer, por los motivos equivocados y sin un fundamento razonable más que porque soy su madre y quiero lo mejor para él.  Para los tres. Y me doy cuenta que los he presionado a los tres para comer: con Sofi por la mamadera, con Gaby para que pruebe más verduras aunque se baje él solo una pata de pollo y o cuanta carne (tierna y a su gusto) le ponga en el plato.  Y que probá que rico y mirá como come mamá (y mirá como está de gordita por comérselo todo, jajajaja!!!).
Que qué me pasó??? Que qué fue lo que me hizo cambiar de actitud al respecto?
Ayer lo vi a Nico salir corriendo al balcón, gritando "nooooooooo" apenas me vio llegar con el plato de comida y pensé que eso no estaba bien, que algo había que hacer con ese niño. Así que me puse a ver que alguien, cibernéticamente, claro, porque no tengo más opciones después de las 21 hs, me ayudara con el tema. Tengo que agradecerle a Carlos González, el pediatra español, UNA VEZ MÁS. Gracias ahora por "Mi niño no me come" y gracias retrasadísimas por "Bésame mucho". Gracias por que uno puede ver que se equivoca o se ha equivocado pensando o haciendo tal o cual cosa y no sentirse acusado, dolido, maltratado por ello. Aprende uno a reirse de lo ridículo que resultan algunos planteos y por Dios, visto desde afuera, resulta muy gracioso que nos hayamos visto a nosotros mismos como personas razonables y serias proclamándolos.
Así que hijos, les pido disculpas públicamente (ya lo hice esta mañana en privado) y los libero de la presión que he ejercido sobre los tres en relación a la comida. No quiere decir que no me  vaya a costar hacerlo y menos aún que deje de cuidarlos y estar lo más cerquita que pueda.  Mucho menos aún es promesa de que deje de equivocarme. Eso no. Seguro me voy a equivocar miles de veces más, cómo lo he hecho con otras cosas fuera de las comidas. Pero sí es una reafirmación de la promesa que les hicimos desde antes de que nacieran, promesa de amor incondicional y respeto, de acompañamiento con libertad, de estar alertas y ser flexibles para que cada uno de los tres, en su forma particular y a su modo, puedan crecer y desarrollar todo su potencial siendo en cada momento, una personita feliz.

martes, 17 de enero de 2012

Una curita de amor

No es novedad. Deben haber bibliotecas enteras que discutan el tema, debo haberlo leído -incluso- unas cuantas veces. Sin embargo, siento genuinamente haberlo descubierto a través del oficio de la maternidad: cuando estás mal, contarle a alguien lo que te pasa, explicarle cuánto duele y en dónde, hace que duela menos y te sientas mejor. Si quien te escucha está dispuesto a hacerse eco de tus pesares, a comprenderte e intentar consolarte, el doble de rápido pasa el mal rato. Y si ese otro, además te ama... allí sucede el milagro. Prueba de esto es la llamada de Gaby a su abuela para contarle que se cayó del ico-ico (volviendo a llorar incluso para que ella pudiera entender la magnitud de su dolor a través de la dramatización del hecho) y saliendo luego a correr de una punta a la otra por el pasillo, totalmente recuperado.
Y que esto funciona, como mínimo en casa, lo descubrí un día en que nada calmaba a mi niña con su cola paspada, ni a mí, que escuchaba su llanto y se me partía el corazón. De pronto, vino la idea salvadora: le pregunté si quería llamar a mami al trabajo y contarle que su colita se había lastimado y le dolía mucho. Se detuvo un instante, tomó el teléfono de plástico naranja que le ofrecía y empezó a hablar aunque pocas palabras podía pronunciar por ese entonces. Al principio con muchas lágrimas y luego con menos, cuanto más detalle le sugería yo que diera, más se tranquilizaba. Ya con el pañal cambiado y llena de hipoglós, enjugué su última lagrimita, la besé y fue a jugar otra vez como si nada hubiese pasado.
Desde entonces, cada vez que alguno se golpea, se cae, recibe un tirón de pelo o un mordisco de un hermano, además de abrazarlo fuerte y darle muchos besos, le pido que me cuente lo que le pasó: que qué estaba haciendo, que cómo , que cuándo, que dónde, que si le duele, que si ya pasó... En la mayoría de los casos, eso basta. Pero si el desconsuelo es mayor, llamarle al trabajo a mami o a la abuela, es 100% efectivo.
Porque el amor cura, seguro, pero nombrar lo que duele es parte indispensable del tratamiento. Es verdad. Y si no me creen a mí, aquí están mis hijos, pueden preguntarle a ellos...
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