jueves, 8 de septiembre de 2011

Mañanas de plaza

Vinieron los primeros calorcitos y convencieron en pocas lineas al coraje materno de hacerle compañía. Así es como volvimos a la plaza, esta vez sólo los trillis y yo, y de mañana, que es el único momento en que podemos. Vamos en auto, porque no hay ninguna plaza a menos de 10 cuadras, una vez allí van los tres en el coche doble. Por turnos, Nico o Gaby reciben a Sofi en el mismo asiento. Una amiga me dijo "qué bueno que se dejan". Yo creo que saben que no hay otra opción.
El primer día fue maravilloso. Además de que se portaron muy bien e hicieron caso a todo lo que les pedí, jugaron en los columpios, en el tobogán, con los autitos, baldecitos y palitas, sólo ellos o compartiendo con algún amiguito ocasional. Aprendieron a enterrar cortezas de un tronco y tocaron las raíces de la palmera que quedaban un poco afuera de la arena. Estaban felices. Estábamos felices. No necesitábamos más. Y es en esos momentos, intuyo, cuando uno agradece lo que tiene y se siente pleno, que llega aquello que transforma con su magia: encontramos una mariposa en la arena. La puse sobre mi mano y caminó débilmente. Los tres la miraban absortos cuando abrió sus alas en mi palma y reconocieron al bichito que tienen pintado en su mural. Se reían, me miraban, la miraban. La primera intención fue tocarla, pero cuando les expliqué que podíamos hacerle daño se quedaron inmóviles y embelesados. No sé si necesitaba un poco de sol o un poco de aire o un poco de la risa de mis niños, pero en un par de minutos simplemente se elevó y volando se fue de la plaza. Lenta y naranja. La miramos irse y la saludaron agitando sus manitos en el aire.  Magia pura. Que nadie me diga otra cosa.
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